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jueves, octubre 22, 2009

Sylvia Plath y Janet Malcolm. El arte de morir y el arte de la biografía

¡Qué bueno que es leer un libro inteligente! Y eso es lo que nos ocurre al tomar La mujer en silencio de Janet Malcolm, interesantísimo ensayo sobre Sylvia Plath y Ted Hughes. El libro, más que intentar entender la compleja relación entre ambos, historia la vinculación entre los herederos de Sylvia Plath y sus biógrafos. Y al hacerlo trabaja muy agudamente sobre los límites de la profesión del crítico literario, el periodista y el biógrafo.

Sylvia Plath fue una americana casada con el poeta inglés Ted Hughes. En algún momento proyectó la imagen del ama de casa y madre feliz que también escribía, pero que ante la infidelidad y abandono de su marido se suicida metiendo la cabeza en el horno, en tanto dejaba la merienda preparada a sus hijos. Posteriormente, otras imágenes vinieron a complejizar este cuadro: el intento de suicidio a los veinte años, su contradictoria relación con la figura de un padre muerto tempranamente y el difícil vínculo con su madre. Y también el carácter posesivo y fuerte, así como la lucha por desnudar su verdadera personalidad. Estos datos confrontados fueron forjando imágenes encontradas: tanto la mujer perfecta mártir, como un icono del feminismo, una poetiza fuerte con una obra compleja, una escritora menor cuyo trágico final y escándalos por los derechos de los escritos suscitaron una atención más morbosa que literaria.

En cualquier caso, lo que seguro pinta con claridad la imagen de Plath es un clima de época previa al feminismo en el que una mujer como ella intentaba desarrollar una carrera y un sentir acatando las convenciones y con una vinculación compleja con el mundo masculino. Mundo de hombres representado en primer lugar por su padre, pero configurando un modelo dentro del que está incluido Hughes:


Siempre te he tenido a ti
Con tu Luftwaffe, con tu glugluglú,
Y tu recortado bigote
Y tu ojo ario, azul celeste.
Hombre-panzer. Oh, tú...

No Dios, sino una esvástica
Tan negra que ningún cielo podría cernirse.
Toda mujer adora a un fascista,
la bota en la cara, el brutal
brutal corazón de una bestia como tú.

De pie estás en la pizarra, papi,
En la fotografía que tengo de ti,
Una hendidura en la barbilla
En vez de en tu pie.
Pero no menos demonio por eso, no,
No menos que el hombre de negro.

Que puso freno a mi lindo y rojo corazón
Tenía diez años cuando te enterraron.
A los veinte intenté morir
Y regresé, regresé a ti
Pensé que hasta mis huesos volverían también.

Pero me sacaron de la talega
Y me reconstruyeron con goma.
Y entonces supe qué hacer.
Hice un modelo de ti.
Un hombre de negro con aire de Meinkampf.

Amante del tormento y la deformación
Yo dije sí, sí quiero.
Así, papito, he terminado al fin.
El teléfono se arrancó de raíz,
Las voces ya no pueden carcomerme más.


He matado a un hombre, he matado a dos
Al vampiro que dijo ser tú
Y bebió de mi sangre todo un año,
Siete años si quieres enterarte,
Papito, puedes descansar en paz ahora.

Hay una estaca en tu negro, burdo corazón,
A los aldeanos nunca les gustaste.
Están bailando y zapateando sobre ti,
siempre supieron que eras tú
Papito, papito: escúchame bastardo, acabada estoy.

A partir de esta fuerte poesía y la muerte trágica fue conformándose el mito de Sylvia Plath, al que contribuyeron una serie de libros sobre el tema. La posición de Ted Hughes y su hermana Olwyn –temible esfinge a la que tuvieron que enfrentarse todos los que, al querer escribir sobre Plath, necesitaban autorización para citar su obra o escritos privados¬ generaron un paradójico resultado. Al desear que no se hablara sobre el tema, quedaron como los villanos que intentaban ocultar sus fechorías, y al oscilar entre la censura a quienes escribían sobre Plath y la publicación por parte de ellos mismos de los diarios y la correspondencia, generaron una polémica sobre sí como guardianes de la obra. Lo inteligente del libro de Janet Malcolm reside justamente aquí: en el narrar con lucidez y gracia los diferentes encuentros con los protagonistas del mito de Sylvia Plath, y en esta descripción no obviar el factor del dinero. Dinero que cobró Hughes al publicar los diarios mutilados de Plath, plata que cobró Anne Stevenson en concepto de adelanto de derechos de autor por una obra que sintió que le dictaba Olwyn Hughes. Dinero que también percibieron las amigas cercanas que escribieron unas memorias que la defienden, el vecino de abajo que podría haberla salvado, o la crítica literaria feminista que sugiere que la poesía de Sylvia Plath tiene un carácter sexualmente indefinido. Otro detalle suspicaz es que Malcolm rechaza de plano la existencia de una biografía objetiva e imparcial. Al respecto dice:

“Escribir no es algo que se pueda hacer en estado de ausencia de deseos. La pose de la imparcialidad, la charada de la ecuanimidad, lo notable de una actitud de distanciamiento, nunca pueden ser más que tretas retóricas; si son auténticas, si al escritor no le importa de verdad que las cosas pasen de un modo u otro, no se sentiría motivado a representarlas.”

En este contexto, Malcolm se presenta más como una defensora de Ted Hughes y Olwyn que intentaron, de una forma en ocasiones contraproducente, preservar la intimidad de la poeta muerta y su familia contra las embestidas de la prensa morbosa. Cuestión en ningún sentido menor si tenemos en cuenta que el suicidio de la poeta se produce cuando sus hijos eran pequeños y su vida se vio jalonada por diferentes y dolorosas representaciones de su madre. El libro de Malcolm fue publicado en 1994, pero es significativo contar que uno de los hijos de Sylvia Plath se suicidó en el corriente año. No obstante la posición tomada, Malcolm hace bien de abogado del diablo, pues en la estructuración de su relato no dejan de mencionarse ciertos hechos e imágenes que contribuirían con la tesis opuesta: que Plath fue una gran poeta víctima de un entorno hostil. Por otra parte, los fragmentos de los poemas citados y su análisis nos dejan con ganas de más por su fuerza y su carácter anticipatorio. Por ejemplo, Malcolm nos cuenta la impactante lectura pública de Lady Lazarus meses antes de su muerte. Leerlos a la luz de los acontecimientos posteriores es sencillamente escalofriante por su mudo pedido de ayuda, por el carácter exhibicionista del acto del suicidio, por el sentimiento de predestinación:

Lo logré otra vez,
Me las arreglo —
Una vez cada diez años.
Especie de fantasmal milagro, mi piel
Brillante como una pantalla nazi,
Mi diestro pie
Es un pisapapel,
Mi rostro un fino lienzo
Judío y sin rasgos.
Descascara la envoltura
Oh, mi enemigo,
¿Aterro acaso? —
¿La nariz, las cuencas vacías, los dientes?
El apestoso aliento
Se desvanecerá en un día.
Pronto, muy pronto, la carne
Que la tumba devoró
Se sentirá bien en mí
Y yo una mujer que sonríe.
Tengo sólo treinta años.
Y como gato he de morir nueve veces.
Esta es la Número Tres.
Qué desperdicio
Eso de aniquilarse cada década.
Qué millón de filamentos.
La multitud mascando maní se agolpa
Para verlos.
Cómo me desenvuelven la mano, el pie —
El gran desnudamiento.
Damas y caballeros.
Estas son mis manos
Mis rodillas.
Soy tal vez huesos y pellejo.
Sin embargo, soy la misma, idéntica mujer.
La primera vez que sucedió tenía diez.
Fue un accidente.
La segunda vez pretendí
Superarme y no regresar jamás.
Oscilé callada.
Como una concha marina.
Tenían que llamar y llamar
Recoger mis gusanos como perlas pegajosas/
Morir
Es un arte, como cualquier otra cosa.
Yo lo hago excepcionalmente bien.
Lo hago para sentirme hasta las heces.
Lo ejecuto para sentirlo real.
Podemos decir que poseo el don.
Es bastante fácil hacerlo en una celda.
Muy fácil hacerlo y no perder las formas.
Es el mismo
Retorno teatral a pleno día
Al mismo lugar, mismo rostro, grito brutal
Y divertido:
'Milagro!'
Que me liquida.
Luego una carga a fondo
Para ojear mis cicatrices, y otra
Para escucharme el corazón –
De verdad sigue latiendo.
Y hay otra y otra arremetida grande
Por una palabra, por tocar
O por un poquito de sangre
O por unos cabellos o por mi ropa.
Bien, bien, está bien HerrDoktor.
Bien. Herr Enemigo.
Yo soy vuestra obra maestra,
Su pieza de valor,
La bebe de oro puro
Que se disuelve con un chillido.
Me doy vuelta y ardo.
No creas que no valoro tu gran cuidado.
Ceniza, ceniza —
Ustedes atizan, remueven.
Carne, hueso, nada queda 00
Una barra de jabón,
Una alianza de bodas.
Un empaste de oro.
Herr Dios, Herr Lucifer
Cuidado.
Cuidado.
Desde las cenizas me levanto
Con mi cabello rojo
Y devoro hombres como el aire.

Además de la honestidad con la que Malcolm trata el tema de la profesión del biógrafo como un entrometido en la vida ajena y al lector de biografías como un morboso, es también muy interesante el modo en que su escritura utiliza las analogías. Sus descripciones de los lugares y las personas son maravillosas porque además del detalle vívido logra la metáfora perfecta para el proceso de gestación de la obra. Así acompañamos a Malcolm en sus viajes en trenes y taxis por bibliotecas, casas y restaurantes entrevistándose con todos los que escribieron sobre Plath hasta llegar a su último encuentro con Trevor Thomas, el vecino de debajo de Sylvia que fue la última persona en verla con vida:

“Posteriormente, cuando pensé en la casa de Thomas (lo que hice a menudo; uno no se olvida fácilmente de un sitio así), se me aparecía como una especie de alegoría monstruosa de la verdad. Así son las cosas, decía aquel lugar. Así es la realidad inmediata, con toda su multiplicidad, azar, inconsistencia, redundancia, autenticidad. Ante el desorden magistral de la casa de Trevor Thomas, las casas ordenadas en las que vivimos la mayoría parecen mediocres y sin vida; igual, y en el mismo sentido, que las narraciones que se llaman biografías palidecen y se hunden ante la desordenada realidad que es una vida. También imaginé excitada que la casa es una metáfora del problema de la escritura. Todas las personas que se sientan a escribir no se enfrentan con una página en blanco sino con su propia mente abarrotada de detalles. El problema consiste en librarse de la mayoría de lo que hay allí. Llenar enormes bolsas de basura de plástico con el confuso revoltijo de cosas que se han reunido con el paso de los días, meses, años de vida y percepción de las cosas con los ojos, los oídos y el corazón. El objetivo es dejar un espacio donde unas cuantas ideas, imágenes y sentimientos puedan disponerse de tal modo que un lector quiera permanecer un tiempo entre ellos, más que huir, como yo había querido huir de la casa de Thomas. Pero esta tarea de limpiar la casa (de narrar) no es solamente trabajosa; es peligrosa. Existe el peligro de deshacerse de las cosas equivocadas; existe el peligro de tirar demasiadas cosas y quedarse en una casa demasiado vacía; existe el peligro de tirarlo todo. Una vez que se empieza a tirar, puede resultar difícil parar. Puede que sea mejor no empezar a hacerlo. Puede que sea mejor conservarlo todo, como Trevor Thomas, no sea que nos quedemos sin nada. El miedo que sentí en la casa de Thomas es primo del miedo que siente el escritor que no puede arriesgarse a empezar a escribir.”

Pero en cualquier caso, más allá del hallazgo del paralelismo, no es esto lo que le pasa a Malcolm, que construye un fantástico libro que no es ni una novela, ni una pieza de crítica, ni una biografía de Plath. Es una historia de la construcción del mito de la poeta suicida a partir de las semblanzas de quienes pusieron cada ladrillo. Y al hacerlo, Malcolm logra una imagen múltiple y compleja que tiene aquello de lo que carecen los anteriores escritos.

martes, septiembre 08, 2009

Navegar el dolor



Acabo de terminar de leer Aquarium de Marcelo Figueras y con las pestañas aún húmedas les cuento que es una novela fantástica. Figueras cuenta la historia de amor de Irit y Ulises, que es bien peculiar y conmovedora. La mujer de Ulises escapa de Argentina llevándose los hijos de ambos. Ulises, desesperado, llega a un Israel violento y hostil intentando recabar información sobre el paradero de sus chicos a cualquier costo.

En un incidente callejero, de los que ocurren tantos en un escenario donde cualquiera puede ser el enemigo, conoce a Irit que es una artista que trabaja en un centro de niños palestinos huérfanos. Sin siquiera poder comunicarse en una lengua común, se dan a un amor sin condiciones ni reparos. Irit ayuda a Ulises a buscar a sus hijos, Ulises ayuda a Irit a recuperar la idea de estar con un hombre que no sea un soldado. Figueras sugiere que en gran medida la pureza de la relación está dada por la ignorancia de las lenguas, por lo primitivo del encuentro, justamente en un lugar donde el otro siempre es enemigo:

“Ulises e Irit no podían malentenderse como los Franz y Sabina de Milan Kundera, porque ni siquiera compartían un lenguaje. La falta de este código en común les jugó a favor, evitándoles el peligro de esclavizarse a las palabras. En consecuencia su relación equivalía a la exploración de un territorio nuevo, sobre el que avanzaban sin reaseguros.”

Y como telón de fondo, Figueras nos pinta el paisaje de un Israel violento, paranoico, cercado por una comunidad musulmana empobrecida y despojada en la que los niños se enfrentan a los soldados con fusiles armados sólo con piedras. Un lugar demente que arrastra a todos. Un sitio que sólo podrá cambiar a partir de gente que decida mirar las cosas de forma diferente, como Irit que con su corazón demasiado grande, logra encontrar la belleza dentro del espanto y paga las consecuencias.

Figueras, además, construye pacientemente con pequeñas cuentas brillantes un relato tan sencillo como variado. La mentalidad de un psicólogo que al trabajar con los presos ha quedado cautivo de su lógica, las ideas de una artista cuya forma de moldear los materiales quedó signada por la lectura de un poema de Bishop, la analogía entre el desierto y el mar, un acuario como lugar de encuentro y entendimiento entre dos viudeces, un niño que ha perdido y encontrado todo, y un narval de belleza desconcertante. Danny –un niño huérfano del que no logran determinar la etnia– condensa las imágenes de dolor y fragilidad expresadas fragmentariamente en la historias de Irit y Ulises y Miriam y David. En la escena del acuario cristalizan todos los fragmentos compuestos en un momento de gran belleza y potencia dramática:

“Sentada en el banco obtiene una perspectiva (Danny diminuto, el cristal azul, el narval que parece flotar en el aire) que le hace lamentar su olvido de una cámara de fotos. […]

Precioso niño, oye que le dicen.

Su interlocutor es el viejo elegante con quien comparte el asiento. […]

La mayor parte de los niños grita de miedo, dice el viejo. Perturbados por formas y proporciones desconocidas, por la superposición de elementos que nunca han visto juntos: ese cuerpo sin aleta dorsal, esas manchas, ese cuerno. Otros golpean el cristal para llamar la atención. Con los puños, con monedas: un ruido horrible y agresivo. En cambio este pequeño se permite contemplar. Es un don raro en esta sociedad que nos acostumbra a tenerlo todo chasqueando los dedos. Hay algo sagrado en aquel que espera. Mientras el resto se ocupa de sus afanes, verá cosas que nadie ve.”

En Figueras la experiencia inmediata marca de forma insoslayable y honesta. El autor cubrió periodísticamente la segunda Entifada, de allí surge el conocimiento de un escenario (no sólo geográfico, sino esencialmente humano) y un conflicto a partir de la ecuanimidad en la comprensión del absurdo que supone toda guerra. Por otro lado, una serie de lecturas y músicas eclécticas conforman el espectro de referencias y sensibilidades. Trabaja con canciones de Brel, historias de Murakami, Kundera o Salinger… Un material diverso como el que utiliza la escultora para plasmar todas esas cosas terribles que quiere expresar. Pero uno de los elementos que más me gustó –porque era lo desconocido dentro de un territorio simpático por conocido– está la poesía de Elizabeth Bishop, que comparto con ustedes más abajo por si nos hermanamos en la ignorancia. Lo interesante es la forma en que Figueras trabaja con el proceso de construcción del poema, la manera en que se canalizan los procesos artísticos (no arrebatos inspirados, sino producto de una minuciosa tarea de preparación en la que se seleccionan elementos) y la analogía con la forma de elaborar los duelos.

“Navegó el dolor a sabiendas de que llegaría a alguna orilla, tarde o temprano. Con un poco de suerte arribaría a la aceptación que le transmitía One Art. No quiso apresurarse, todavía era novata en el arte de la pérdida; con el tiempo llegaría a practicarlo con algo parecido a la elegancia.”

One art
Elizabeth Bishop (EEUU, 1911-1979)

The art of losing isn't hard to master;
so many things seem filled with the intent
to be lost that their loss is no disaster.

Lose something every day. Accept the fluster
of lost door keys, the hour badly spent.
The art of losing isn't hard to master.

Then practice losing farther, losing faster:
places, and names, and where it was you meant
to travel. None of these will bring disaster.

I lost my mother's watch. And look! my last, or
next-to-last, of three loved houses went.
The art of losing isn't hard to master.

I lost two cities, lovely ones. And, vaster,
some realms I owned, two rivers, a continent.
I miss them, but it wasn't a disaster.

-- Even losing you (the joking voice, a gesture
I love) I shan't have lied. It's evident
the art of losing's not too hard to master
though it may look like (Write it!) like disaster.


Un arte

El arte de perder no es muy difícil;
tantas cosas contienen el germen
de la pérdida, pero perderlas no es un desastre.

Pierde algo cada día. Acepta la inquietud de perder
las llaves de las puertas, las horas malgastadas.
El arte de perder no es muy difícil.

Después intenta perder lejana, rápidamente:
lugares, y nombres, y la escala siguiente
de tu viaje. Nada de eso será un desastre.

Perdí el reloj de mi madre. ¡Y mira! desaparecieron
la última o la penúltima de mis tres queridas casas.
El arte de perder no es muy difícil.

Perdí dos ciudades entrañables. Y un inmenso
reino que era mío, dos ríos y un continente.
Los extraño, pero no ha sido un desastre.

Ni aún perdiéndote a ti (la cariñosa voz, el gesto
que amo) me podré engañar. Es evidente
que el arte de perder no es muy difícil,
aunque pueda parecer (¡escríbelo!) un desastre.

martes, septiembre 01, 2009

Intoxicación con el pasado

Un dolor de cabeza espantoso me acometió al regreso de un viaje. Lo atribuí al exceso del ocio: a la comida, la calefacción, el dormir. Cuando muchas horas después de comer liviano, Ibupirac, sueño y retorno a la rutina, el dolor no había cesado... comencé a pensar en una intoxicación. Revisé minuciosamente lo que había comido para concluir que nada podía haberme hecho mal. Mi dolor de cabeza era tan espantoso que ni siquiera podía leer, y tuve que abandonar la novela que había empezado golosamente al iniciar el viaje. Se trataba de El pasado, de Alan Pauls.

Mi relación con los libros de Pauls fue como un rodeo para llegar al centro. Leí Wasabi impactada por la frase perfecta y la brillantez para contar el mundo sentimental, aluciné con La vida descalzo, unas memorias de veraneos que parecen llevar en sus hojas ese aroma de playa mezcla de Rayito de sol, salitre y transpiración, me fasciné con Historia del llanto con pasajes que me hicieron reír hasta las lágrimas que no conseguía el protagonista, y admiré la perfección de El efecto Borges.

Leía a Pauls, pero siempre con la conciencia de estar eludiendo la obra más importante. Y sabía que la esquivaba no porque me acobardaran sus más de quinientas páginas, sino porque el instinto de supervivencia me animaba a eludir un libro que no me tocaba de costado. Pero claro que el morbo y la falsa creencia en mi fortaleza emocional me hicieron llevar el libro a mis vacaciones y leer de un tirón sus primeras doscientas páginas. La manera en que Pauls habla de las relaciones es tan contundente que alarma. En sus parrafadas absurdas, donde un paréntesis sobre la enagua que asoma por debajo de la pollera de la amante del padre de su exnovia abre un recuerdo sobre la maestra de cuarto grado que se extiende por veinte páginas y nunca retorna a su punto de inicio, existe una lógica inexorable sobre lo que se quiere contar. La ruptura de una relación muy larga no sólo acarrea la pérdida de la persona amada (reemplazable, tal vez, por otro cuerpo, otro olor, otras locuras) sino que nos enfrenta al peso mismo del pasado plagado de recuerdos.

Llegada a este punto de suspensión de la lectura por el dolor atroz que me impedía pensar con lucidez el presente, aunque me permitía intuir alguna que otra evidencia, caí en la cuenta de que estaba intoxicada de El pasado. Que sus párrafos eternos y dolientes habían producido un empacho como si de docenas de Havanetes se tratara. Pero claro, ¿cómo renunciar al final de la historia de amor entre el desalojado de voluntad Rímini y la obsesiva Sofía? No. Y convaleciente de mi dolencia, mientras las puntadas tras los ojos continuaban, retomé la novela.

Por suerte el libro decae en intensidad después de la primera mitad. Luego de una maestral introducción en la que Pauls nos narra un amor perfecto y mimético, su final, algunas hipótesis sobre este, y el patetismo de un Rímini que con tal de no enfrentarse a Sofía, recurre a la compulsión de su trabajo como traductor, la adicción a la cocaína y la masturbación y el cautiverio de una novia enferma de los celos que mantiene a raya el pasado; el libro pasa a una fase confusa plagada de exageraciones en la que Rímini pierde su don con las lenguas, se transforma en padre de familia y pierde todo, se encierra en el departamento de su padre a auto compadecerse, se transforma en entrenador de tenis y va preso por robar un cuadro. Lejos de encontrar en este pasaje un estancamiento, yo creo que es una tregua hacia el lector, porque si Pauls hubiera seguido su relato corrosivo de certezas como en las primeras páginas se hubiera transformado en un libro odioso. Así, la dosis de ficción de un Rímini perdido en San Pablo, con una amante vieja con plata, las peripecias de un cuadro de Rieltse permiten que sea una novela con la cuota necesaria de sinsentido que nos permita reponernos para el final.

Sobre el desenlace el dolor de cabeza retorna recrudecido, pero lo combato a puro migral para terminar una de las novelas más terribles de la literatura argentina reciente con efectos devastadores sobre la vida del lector. Un libro que te arrastra, te cachetea, te enferma y te indigna. Cómo ser Rímini y Sofía y vivir EL amor, pero como –por favor– nunca ser ellos: obsesivos, aferrados a un par de cajas de fotos viejas, inhallables para sí sin el otro, desangrados por sus propios sentimientos.

domingo, julio 12, 2009

La familia deforme

Venturini, Aurora: Las primas, Mondadori

Las primas son cuatro personajes bien curiosos. La protagonista, Yuna, tiene un retraso leve, pero es profundamente talentosa en las artes plásticas. Su hermana, Betina, tiene un retraso severo, además de una deformidad física. La madre de ambas es una estricta maestra de puntero. Su padre se ha marchado, seguramente agobiado por sus dos hijas retrasadas. La hermana de la maestra se ha casado con su primo y han tenido dos hijas: Carina es estúpida, pero inocente y buena. Petra es enana, pero muy lista, tal vez demasiado. Además, hay una tía insoportable, un profesor de plástica pervertido, dos tíos lumpen, una novia traidora y un italiano enriquecido. Y todos viven en las afueras de La Plata a mediados en la década del ‘40, en una arrabal pobre y en una sociedad marcada por los tabúes y prejuicios que hacen complicada la vida de una mujer.

Estos curiosos personajes viven una vida agitada jalonada por embarazos no deseados, abortos, velorios cómicos, prostitución, casamientos forzados, un horrendo crimen y varias comilonas. Y todos estos curiosos acontecimientos son narrados por Yuna, quien pese a sus limitaciones hace un esfuerzo por mejorar e integrarse al mundo. Así accedemos al curioso mundo interior de una pintora nacida en un hogar humilde, con una familia que no favorece su vocación y una poderosa sensibilidad.

Las primas es un libro esencialmente femenino. Habla de la complejidad de vivir la sexualidad en un mundo marcado por el silenciamiento de este tema. Mujeres que llegan al matrimonio sin saber qué es el sexo. Chicas que llegan a un aborto porque hombres brutales se abusan de su inocencia, y a la muerte como consecuencia de los abortos clandestinos de las familias pobres que inducen a las chicas a realizarlo para escapar al estigma de tener una madre soltera en la familia. Hijos malformados por ser concebidos por mujeres que copulan con hombres borrachos o con enfermedades venéreas. Los estereotipos masculinos son pobres o vergonzosos. Estas mujeres están solas frente a la desgracia de la pobreza, la maldad, la libidinosidad. Pero también tienen sus herramientas para vengarse: así Petra venga muy bizarramente a su estúpida hermana Carina, ya que el papero había abusado de ella. Pero estos temas que podrían estar planteados de forma triste y desgarradora adquieren en este curioso libro un rango no dramático y no exento de humor.

El concurso de novela de Página /12 generó una gran sorpresa en su prestigioso jurado. Cuando Juan Boido, Juan Forn, Rodrigo Fresán, Alan Pauls, Sandra Russo, Guillermo Saccomanno y Juan Sasturain descubrieron una obra tan original, lo menos que esperaban era encontrarse con una señora de ochenta y cinco años. Claro que con una vida bien curiosa e interesante, porque Aurora Venturini estudió Filosofía y Ciencias de la Educación en La Plata cuando las mujeres que realizaban una carrera universitaria eran poquísimas. Trabajó en el Instituto de Psicología y Reeducación del Menor donde conoció a Eva Perón, de quien se hizo amiga y con quien trabajó cercanamente intentando mejorarle la vida a la gente. Cuando llegó la Revolución Libertadora Aurora se exilió en París en donde conoció a los existencialistas. Estuvo casada con el historiador Fermín Chávez quien falleció recientemente. Además Aurora, quien evidentemente es amiga de hablar sin tapujos, ha declarado que Las primas es una novela esencialmente autobiográfica. Esto es, que tanto su hermana como ella tuvieron diferentes formas de retardos, que su padre perdió todo porque era jugador y abandonó a su familia, que su madre era una maestra severa que raramente mostraba amor fraternal, que en su familia primaron siempre los valores hipócritas de una familia venida a menos. Que en reacción a esa actitud, seguramente, fue que ella se hizo peronista. Y también que ese mundo machista de maltrato a las mujeres fue el que ella respiró.

Aurora Venturini retrata un mundo de lo horrible, lo deforme, del estigma y lo hace con sentido del humor y también con una mirada esperanzadora de quien luchó contra sus propias deficiencias y ayudó a los demás a hacerlo.

miércoles, julio 08, 2009

Lloraría

Me encantó el libro de poemas de Sergio Bizzio Te desafío a correr como un idiota por el jardín. Si el libro viniera vacío, ya sólo por su título merecería un lugar en la biblioteca. Pero su contenido es aún mejor, ya que Bizzio nos ofrece unos poemas por demás tristes, desencantados, autocríticos. Plagados de imágenes raras,poco comunes y sugerentes.

El primer poema del libro, "Las ruinas del ánimo" dice:

Un mono le mira la cola a otro mono.
Dónde llegaremos es cosa que no me importa,
pero salir de aquí lo antes posible
me agobia, esa idea me aplasta.
- ¿Escuchabas?
Los pajaritos pían como gallinas.


Pero, seguramente, el mejor poema es el que cierra el volumen. "Lloraría" es un poema largo, que me permito también citarles extensamente:


¿La verdad?
No quiero escribir más.
(No vivo).

¡Lo bien que haría!

¿Pasarme el día encerrado
escribiendo,
riéndome de a ratos como un loco,
encerrado como un loco,
solo como un loco?

¡Si me va tan bien cada vez que salgo!

La gente es feliz "por momentos"
y con "pequeñas cosas cotidianas".
¿No es para llorar?

[...]

Lloraría
y lloraría
y lloraría, cómo que no.
Lloraría por lo que perdí
(¿vos no?)
pero más por lo que evité.
¿Por lo que perdí, por lo que evité?
¿Qué estaba haciendo?
¡Escribía!

[...]

- Volvé, volvé, por favor, vení...
Son las tres de la mañana
aunque el reloj indica que es mucho más...
Amanece
Escribí.
No lloré.
Y con la suficiencia,
con la misma dudosa soberbia,
amigos (chicos),
amanece.

viernes, mayo 29, 2009

Un Kawabata en los márgenes

Kawabata: En el lago, Emecé.

Kawabata es un escritor sorprendente en su capacidad de aunar la belleza estética con la profundidad en las reflexiones. Uno de los títulos de sus novelas define su concepción de forma sintética y conmovedora: Lo bello y lo triste. No obstante, esta cosmovisión se ve ligeramente trastrocada en la última novela que ha reeditado Emecé. En En el lago, lo bello y lo triste coexiste con lo extraño, lo desviado y enfermo.

De esta manera aparece un protagonista tan desagradable como Gimpei, profesor de escuela que se dedica a perseguir jovencitas. La relación que entabla con una de ellas motiva la cesación en el cargo, pero lejos de alejarse del placer malsano por el acoso, el caer en desgracia refuerza su perversión. Gimpei es un hombre extraño que pierde a su padre tempranamente, vive obsesionado por una prima mayor que lo considera inferior socialmente, abandona a su hijo y sobrevive a la guerra. Un hombre apocado y de pies deformes que lo hacen sentir repulsivo.

“…¿no estaba relacionado con esa fealdad el hábito de perseguir mujeres, puesto que eran sus pies los que se ponían en acción? Se sorprendió con ese pensamiento.¿Era la fealdad de una parte de su cuerpo lo que clamaba por la belleza y la anhelaba? ¿Era parte del plan divino que unos pies horribles persiguieran mujeres bellas?”

A medida que sus pies deformes persiguen jóvenes bellas nos vamos adentrando en las historias de sus perseguidas: Una chica hermosa que ha malogrado su juventud siendo la amante de un viejo, y las dos extrañas asistentas que viven con ella; una pareja de novios a la que los padres le han prohibido verse, una adolescente tan ingenua como inteligente que se le entrega mansamente. Así se entretejen una serie de historias en el duro Japón de posguerra. La decadencia de familias adineradas antaño, la pérdida de los seres cercanos, el radical cambio de vida son los temas, de acuciante actualidad, que trataba Kawabata en la inmediata posguerra.

Este libro apareció por entregas en la revista "Shinco" en 1954, y al año siguiente se publicó con el formato de novela sorprendiendo a sus propios seguidores. Muchos no pudieron comprender el viraje hacia lo siniestro de Kawabata, aunque en mucha de su obra anterior lo perverso aparecía insinuado o esbozado, ya que por ejemplo, en El sonido de la montaña un hombre mayor estaba enamorado de su nuera, con la que convivía en la misma casa. Pero esos sentimientos extraños no sobrepasaban determinados límites, que sí aparecen traspasados en En el lago. Gimpei no se dedica únicamente a seguir a jóvenes bonitas, sino que las aborda e incomoda. Si bien la escena en la casa de baños de provincia con la que se abre el relato es de gran poder, y el paseo con la prostituta es bastante desagradable, el colmo de la sordidez se da cuando caminando por el barrio en el que se alojan los sin hogar se topa con una extraña mujer a la que invita a tomar sake y deja tirada en la calle. Pero en las descripciones de cada mujer perseguida, de cada gesto, aparece aquella sutileza distintiva del autor que hace desde su más breve cuento hasta su novela de más largo aliento una pieza inconfundible. Los olores, los colores, los recuerdos se fusionan de una forma peculiar, dando lugar a saltos en el tiempo que estructuran de forma peculiar:


“Gimpei percibía ahora el olor del algodón Kurume teñido de azul oscuro. El kimono que vestía de niño era de esa tela, pero el olor lo llevó a la pollera de sarga azul del uniforme escolar de Hisako. Al pasar otra vez las piernas dentro de la pollera, Hizako había sollozado y a él mismo se le habían llenado los ojos de lágrimas.”

domingo, mayo 24, 2009

Lenta furia

Fabio Morábito tiene una biografía curiosa, ya que posee padres italianos, nace en Egipto, se cría en Trieste y vive desde su adolescencia en México. África, América y Europa se conjugan en el imaginario de Morábito para dar lugar a una creación extraña. Y, de hecho, lo que más nos impresiona de sus cuentos es lo insólito; la capacidad en la verosimilitud de lo extraño. Madres cazadoras de amantes que viven en los árboles, una familia de traductores que habita apiñada en una vieja casa hasta su rápida y cruel extinción, un hombre que arrastra el don y la fatalidad de escapar…

Pero Morábito no sólo está dotado para crear tramas poco habituales, sino también para sumir en la extrañeza lo cotidiano. Así, por ejemplo, en “El tapir” termina ocurriendo lo inevitable: el chico piola del pueblo le roba la novia al hijo del verdulero y en “La perra” una familia burguesa desconfía de su mucama dando por descontado que tarde o temprano les robará.

La lenta furia logra crear un clima muy especial a través de las sinestesias que parten del título mismo. Una furia lenta se emparenta con un chico que elige de compañero de juego a alguien que aborrece, un sismo controlado, el ataque sexual de las madres, un escapista familiero y tranquilo. En estos relatos todo parece transcurrir en la hora de la siesta. En tardes calurosas y aburridas donde nada debería pasar. Y sin embargo la violencia, el engaño, la enfermedad, el cambio irrumpen en la rutina del sol alto, del día tórrido. Y en consonancia con las historias originales, la prosa de Morábito nos produce perplejidad en su belleza simple:

“El temblor no llegó con su intenso cortejo de cristales ni su amplia funda de razones. Apenas se insinuó de casa en casa, sedoso y delicado, palpando las esquinas y las puertas. Los que dormían en los últimos pisos del edificio oyeron los golpes espaciados con que tanteaba la solidez de la construcción, un tenue ¡pum! ¡pum! ¡pum! Que la mayoría confundió con los latidos de sus pechos. Era como el primer ruido del mundo, no manchado por ninguna impureza.”

miércoles, mayo 20, 2009

Corazones (cautivos más arriba)

Cuando abrí la caja de novedades de Emecé me alegró mucho ver un nuevo libro de Forn. Luego descubrí que en realidad es la reedición de una novela escrita en 1987 que en aquel entonces se había llamado: Corazones cautivos más arriba, en homenaje a un poema de Juarroz: “Hay vidas que son como la lluvia./ La lluvia es también el testimonio/ de corazones cautivos más arriba.”

Como vivimos pendientes de las novedades, siempre enterarse de que el libro que uno tomó con entusiasmo es reedición desilusiona un poco. Decepción ridícula porque si uno no leyó el libro y le interesa el autor, no tendría por qué importar que el copyright sea del 2009. Y en el caso de esta obra es más que cierto porque se trata de una novela sobre la adolescencia cuyas vivencias permanecen muy frescas en un joven Forn.

Es muy interesante la forma que adquiere la novela, ya que al estar narrada en segunda persona adquiere un clima extraño y especial. Al respecto, el propio Forn comenta que ese uso se remite a la voz de la conciencia de un chico liero que pensaba: “Ahora te van a pescar y te van a joder bien jodido.” Con este formato particular nos vamos acercando a la vida de Iván que hace cosas como cortar y quemar las rosas que cultiva con amor su abuela, agredir a sus compañeros de colegio… y ni siquiera sabe por qué. Ante un adolescente incontrolable, una madre asustada decide mandar a su hijo con su abuelo. Así llega el protagonista a La Cumbre. El librito narra las experiencias en la casa familiar, junto a un abuelo tan particular como Galo, y con personajes entrañables como Amelia y Aurora. Las sensaciones de un chico dolido y descarriado de trece años están retratadas con vividez tal que estremece. Seguramente porque nos recuerdan las propias: ese actuar enérgicamente pero por unos motivos que nosotros mismos desconocemos en una búsqueda ciega que nos irá constituyendo como personas.

En Corazones Forn cuenta el dolor y la rabia de la pérdida, el primer amor, el descubrir los lazos que unen los padres a los hijos, la posibilidad de la perversión en el mundo adulto. Los sutiles lazos que al anudarse despaciosamente nos transforman si no en adultos, al menos en no criaturas.

viernes, marzo 27, 2009

Contar la historia que no se puede contar

Guillermo Saccomanno: El buen dolor, Booket.

El año pasado la novela de Saccomanno El buen dolor se editó en formato de bolsillo. Buena ocasión, entonces, para leer un libro que no había abordado cuando salió en 1999. Especialmente porque después de leer la fabulosa trilogía que recorre la historia política argentina reciente: La lengua del malón , El amor argentino y 77, uno comprende que tras toda novela de este autor hay un trabajo de investigación, de preparación...

El buen dolor se diferencia de la trilogía mencionada en que, evidentemente, se trata de un escrito más íntimo. Es un pequeño relato de un niño que crece en una casa humilde con una madre pasiva, un padre idealista, pero con tendencia a la desidia, y una abuela terrible. Cuando esta última enferma la casa se desmorona y la larga agonía los consume a todos.

Ese chico se hace un hombre, y se vuelve escritor, y tiene una deuda con aquel relato: la historia de su infancia y la muerte de su abuela. Hasta que su padre muere, y entonces siente la necesidad acuciante de cerrar el círculo, de contar la historia familiar. De historiar el dolor y la pobreza.

"Si se levantasen todos los techos de una ciudad, decía mi padre,y los hombres pudieran ver cómo viven, quizá el mundo sería más tolerable. Todas esas lucecitas titilando en la noche contenían historias que no eran muy diferentes de las nuestras, la historia de mi padre y la mía. La desgracia andaba cerca, acechando. Nadie estaba a salvo de la miseria, la enfermedad, la humillación. La abuela, me acordaba, solía decir que todos los sufrimientos que se padecían en esta vida eran una templanza. Había un dolor que era bueno. Y ese dolor era una prueba a la que nos sometía Dios para probar nuestra fe."

G. se traslada hasta un balneario desolado en pleno invierno, y allí acomete la labor de contar lo que no se puede contar. Pero aparece una mujer, actriz hippie con tendencia a la sobreactuación, una mujer fatal, de esas que pueden llegar a conmovernos aunque sepamos que esa es su intención. Van ambos en un micro retrasado, helado y destartalado a Villa Gesell, y ella narra el rosario de desgracias que la tienen como víctima y heroína. Y así el escritor ve como en un espejo en Inés su propia imagen: contar la historia de su abuela humillando a su padre, de su padre pobre y avergonzado soñando con ser escritor, de los sonidos y olores de la pobreza... es sólo para hablar de sí mismo y caer en la deformación, la autocompasión, alguna forma de mentira.

No obstante, con una sinceridad descarnada, Saccomanno logra contar la historia que no se puede contar.

martes, marzo 17, 2009

Un bicio

Sergio Bizzio: Realidad, Mondadori

Leer a Sergio Bizzio ya se me ha transformado en una adicción y, al igual que todos los lectores de su última novela, me lanzo sobre Realidad en la seguridad de que me va a gustar. No obstante, Realidad es de una tónica muy diferente a Era el cielo. Aunque en este último había notas de humor, imperaban el drama y la reflexión. Realidad es un libro con mucha adrenalina y humor que trata sobre la toma de Telefé por parte de un grupo terrorista islámico. Pero al atacar el canal y tomar rehenes se encuentran con un elemento sorpresivo e insólito. Está en el aire el reality Gran hermano. El choque de culturas es fuertísimo, los fanáticos del Corán intentan comprender la lógica de un programa saturado de vacío, frivolidad y tontería... porque eso es lo único que pueden ofrecer sus protagonistas. Pero Ommar decide llevar las cosas un poco más allá, y enterado de qué va el programa decide manipularlo con el fin de mostrar la verdadera corrupción y degeneración de Occidente. Los miembros de la casa, borrachos, drogados, y en base a promesas absurdas, hacen absolutamente cualquier cosa.
Entre tanto, se entabla una negociación entre los terroristas y un comité de crisis. Los familiares de los participantes asisten entre consternados y humillados a un delirio televisado tras otro. Chaco limpia con la lengua la cocina a cambio de tener un papel en la tira de Telefé, Robin dice que los judíos son unos hijos de puta a cambio de asesoría letrada para recuperar a un hijo cuya tenencia ha perdido. Todo es posible en Realidad, que crea unos personajes tan absurdos como creíbles: el productor cínico, el dealer retrasado, el padre golpeado, el veinteañero extraviado, el terrorista con dotes de cineasta... Bizzio sorprende y divierte una vez más.

sábado, febrero 28, 2009

Una novela de atorrantes

Leonardo Oyola: Hacé que la noche venga, Mondadori.

Leonardo Oyola es un escritor joven del conurbano bonaerense con varias novelas en su haber sobre marginalidad, pobreza y delincuencia en barrios complicados. No obstante, en su último libro retoma este tema trabajándolo desde otro ángulo. La historia está ambientada en Buenos Aires en 1939. Estamos en la Década Infame y se está construyendo la línea D del subte, y también un país desigual, injusto, con unos poderosos que se sienten al margen de la ley.

Allí aparece un personaje apasionate, se trata de Tercero, un atorrante entrañable que vive en la calle, pero más que como un indigente o un loco, como un declarado marginal. Alguien que ha elegido vivir en los contornos de la sociedad. Pero la muerte de un amigo que lo acompañaba una noche fría escondido en el túnel del subte cambiará las cosas. Entonces aparecen dos personajes antagónicos que muestran dos imágenes encontradas del país. Se trata de dos ingenieros que trabajan para la empresa CHADOYPF, que es la poderosa compañía que construye el subte. Uno, con aires justicieros, busca sindicalizar a los obreros y acabar con los beneficios de una oligarquía malsana. El otro es el más claro representante de estos intereses y, junto a dos matones americanos, aprieta sin escrúpulos a todo aquel que se interponga en su camino.

El atorrante y el ingeniero formarán un dúo entrañable abocado a clarificar los extraños sucesos en el túnel del subte, en el que se suceden más muertes misteriosas. A ellos se sumará un cura mexicano y un obrero chino, además de un taxista del interior, un pirado y una pareja de orangutanes. El libro es, a la par, novela policial, de misterio, histórica y relato de amistad en un libro simpático, con ritmo y humor. Además, la historia, que transcurre entre discos de jazz, tiene el indudable ritmo del bebop que hace de banda de sonido de una historia de corte cinematográfico.

lunes, enero 26, 2009

Sergio Bizzio: Era el cielo, Interzona.

Hace pocos días recibí un mail de Interzona, una pequeña editorial dedicada a la buena literatura nacional que ha editado, entre otros, a Fogwill y a Bizzio. Me comunicaban que el proyecto editorial había concluído. La noticia me dejó contrariada ya que no sólo editaban buenos textos, además eran lindas ediciones, buenas tapas, y no parecían tener mala distribución (que los libros llegaran a nuestra pequeña librería del interior así lo testimonia). Casi póstumamente comento uno de los últimos textos que editaran, cuya suerte desconozco cuál será en pocos meses.

Luego de la colección fantástica de cuentos reunidos en Chicos, Bizzio construyó una muy buena novela titulada Rabia, pero creo que en su último trabajo, Era el cielo, alcanza un punto brillante como escritor.

Es una novela que trata sobre la sutil trama que hace que una pareja tenga éxito o fracase, y especialmente, sobre la posibilidad de volver a enamorarse de la mujer que alguna vez se amó. Y Bizzio construye meticuloso el camino de regreso a casa, a la mujer incondicional que es la madre de su único hijo. Entre tanto, relata la vida de un fóbico, de un hombre que se siente sutilmente fracasado por ser guionista de televisión en lugar del escritor que soñó ser, acechado por las dos mujeres que ha amado y admirado: su mujer Diana, delicada escritora de infantiles, y su nueva novia escritora proactiva, exitosa. Y siente que está enamorado de esta última aunque no pueda darle las cosas que necesita.

"Así que en los últimos meses flotaba en el aire la idea de que 'no íbamos a llegar a ninguna parte' (los hijos ya no son seres que se traen sino sitios a los que se llega, como a las pirámides de Egipto) o que 'lo nuestro no iba a dar frutos' (una casa, una cuenta bancaria común), que son las cosas que la inmensa mayoría quiere, o busca, o pretende (aún los mejores de nuestra especie, en general después de un baño)"

"Demasiado lejos de ella para darle lo que pedía, demasiado profundo en ella para traer en las manos algo real."

Y en medio de esas reflexiones realistas y duras sobre la naturaleza del amor, el humor: el guionista nos retrata su mundo de actores vanidosos, productores exitosos, artistas impostados, cirujanos ambiciosos, adinerados incoherentes. Y, además, el drama que se escurre entre el amor, el desamor, y los miedos para borrarlo todo.

No sé, les recomiendo que lean esta pequeña joya antes de que no puedan encontrarla, así como atesoren cualquier texto de la editorial porque en breve va a ser difícil hallarlos: Los pichiciegos de Fogwill, Hombres de a caballo de Viñas, El año del desierto de Pedro Mairal, Leer y escribir de Ariel Bermani, El discurso vacío de Mario Levrero... entre otros, muchos de los cuales hemos reseñado en este mismo blog entusiastamente.

martes, diciembre 09, 2008

Cuentos que me gustaron

Fabián Casas: Ocio. Seguido de Veteranos del pánico, Santiago Arcos editor.

He leído de Fabián Casas varias cosas que me gustaron mucho: Los lemmings y otros relatos, Ensayos bonsai, y su blog Mal elemento (la verdad es que adeudo la lectura de sus poesías) . Así que cuando aparece un nuevo librito, me lo devoro muy contenta.
Ahora se trata de dos cuentos largos concatenados. Ocio trata sobre un chico que no hace nada, o casi nada. Salvo leer, escuchar música, drogarse, dormir, comer. Las actividades básicas de subsistencia llevadas a su última instancia. Y también pensar mecanismos para seguir haciendo nada, como fingir buscar trabajo en tanto va a ver propiedades que nunca podrá comprar. Vive en su casa con su padre y su hermano: los tres, islas con escasa comunicación. Y en ese ocio letal tiene un amigo, Roli, con quien comparte charlas de literatura, drogas y el oficio de dealers improvisados.
Veteranos del pánico
parece narrar los antecedentes de la misma historia, igual casa vieja gigante en Boedo, pero remontándose a la historia de sus padres, muy especialmente de su tía favorita. Inecita, hermana menor de su madre, era una verdadera bomba asociada al despertar sexual del protagonista.
Creo que para comprender a Fabián Casas hay un pasaje brevísimo que define una obra muy marcada con lo generacional. Es un pequeño fragmento de Ensayos bonsai titulado "Crecimos con Videla". Allí se muestra claramente el derroteo generacional de quienes fueron chicos bajo la dictadura, adolescentes en la primavera alfonsinista y accedieron a la adultez bajo el menemismo. Máculas que signan temáticas y estilo de una generación de la cual Fabián Casas es uno de los mejores exponentes. Sería bueno que escribiera una novela que nos permita disfrutar de sus personajes un poco más...

martes, noviembre 11, 2008

Perdido en un país en el que todo desaparece

Tomás Eloy Martínez: Purgatorio, Alfaguara.

"La persona que amas puede desaparecer, los que están en el aire pueden desaparecer"

Charly García

"En esos tiempos la gente desaparecía por millares sin razón aparente. Desaparecían embajadores, amantes de capitanes y almirantes, propietarios de empresas codiciadas por los generales. Desaparecían obreros que salían de las fábricas, peones de campo que dejaban los tractores en marcha, muertos que habían sido enterrados el día anterior y que se perdían de sus tumbas. Desaparecían niños del vientre de sus madres y desaparecían madres de la memoria de sus hijos. Algunas personas que llegaban enfermas al hospital ya no estaban a la mañana siguiente. Más de una vez mujeres desesperadas salían a la puerta de los supermercados en busca de los hijos que se les perdían en los agujeros negros de las góndolas. Unos pocos aparecieron muchos años después, pero no eran los mismos. Tenían otros nombres, otros padres, y una historia que ya no era la de ellos. Y no sólo desaparecía gente: ríos, lagos, estaciones de tren, ciudades a medio hacer se se desvanecían en el aire como si jamás hubieran existido. Era infinito el saqueo de lo que ya no estaba y de lo que podría haber sido."

Dos cartágrafos desencontrados en un país en el que todo desaparece. Ese es el argumento del último libro de Eloy Martínez, y también, su metáfora para expresar la dictadura. Purgatorio es una novela genial que recorre las vicisitudes de la Argentina de los últimos años. Un adentramiento en la médula del último gobierno militar y en el corazón de quienes padecieron la desaparición de un ser querido. Ese doble rol juega Emilia Dupuy: que es la hija de un siniestro e influyente periodista, no sólo partidario del régimen militar, sino propiamente su cerebro (cualquier paralelo con Mariano Grondona correrá por cuenta del lector). Y también, flamante mujer de Simón, un cartógrafo del Automóvil Club, que es enviado a Tucumán a trabajar. Emilia y Simón son detenidos. Ella, gracias a la influencia de su padre, es liberada, pero Simón si bien figura en el libro de salidas de la comisaría, nunca reaparece.

Emilia no puede seguir adelante con su vida, que queda congelada en ese instante. Y se dedica a viajar e imaginar los mapas que harán posible su reencuentro. Cuando Eloy Martínez conoce a Emilia -el escritor usa un recurso que ya ha utilizado en novelas anteriores, que consiste en incluirse como un personaje secundario- ella tiene sesenta años y ambos viven en New Jersey. Emilia no puede superar la pérdida de Simón y, tal vez, a fuerza de desearlo se reencuentren. En un pasado mejorado. En un presente idílico congelado. En un mapa que juntos imaginaron.

domingo, noviembre 02, 2008

Qué es el qué

Cuenta una antigua leyenda africana que, que Dios creó al primer hombre dinka de Sudán, y le dio a elegir entre dos regalos. Podía escoger entre el ganado y el Qué. "¿Qué es el Qué?", preguntó el primer hombre dinka. Pero Dios no le respondió. El hombre pensó que el ganado le proporcionaría alimento y abrigo. El Qué, en cambio, era lo desconocido. Podía ser todo o nada. Así que el hombre eligió el ganado. Sometidos a la misma pregunta lo árabes eligieron el Qué.

Durante miles de años, los dinka creyeron haber escogido sabiamente: sus poblados eran prósperos en tanto que los musulmanes eran nómades y se dedicaban a robar su ganado. Pero llegó el siglo XX y, con él, una sucesión de guerras civiles que provocaron, sólo en los 20 últimos años del siglo, dos millones y medio de muertos y cuatro millones de desplazados. El desastre llevó a los dinka a cuestionarse de nuevo si habían elegido bien. ¿Qué sería el Qué?, se preguntaban. Fuera lo que fuera, tenían claro que los sudaneses árabes del norte, de los que la leyenda decía que se quedaron con el Qué, se habían llevado el mejor de los regalos de Dios, y lo estaban utilizando para destrozar a sus vecinos del sur.

Qué es el qué es la impresionante nueva novela de Dave Eggers. Pese a que Eggerrs (fundador y editor de la prestigiosa revista Mc Sweeney's) es un narrador fantástico, el principal impacto del libro no es el literario. Ya que se trata de una historia verdadera, la de Valentino Achak Deng un joven sudanés residente en los Estados Unidos. Él cuenta una historia terrible y sangrienta, pero lo más sobrecogedor es que no se trata de un caso aislado, sino que la historia de Deng testimonia las terribles vivencias de una generación: la de los llamados Niños perdidos, principales víctimas de la terrible Guerra civil que envolvió a Sudán por más de veinte años.

El relato de Deng oscila entre su presente en los Estados Unidos, país en el que intenta progresar, pero le resulta más costoso de lo previsto, y el pasado en Sudán, Etiopía y Kenia. De forma trabajosa, encarando una historia muy dolorosa, pero también los matices que ignoran una historia de buenos y malos, Valentino narra la historia desde que es un niño en un pequeño pueblo de Sudán: Marial Bai. Los detalles de la vida doméstica: el comercio de su padre, las caricias de su madre, los amigos de la infancia, el primer amor.... conviven con la información sobre la conformación de un país complejo como Sudán: las reminiscencias coloniales, los problemas religiosos, étnicos, políticos y económicos... creando un abigarrado conjunto que explica ( explica?) el horror inaudito al que se vio sometido la minoría dinka del sur de Sudán, el incendio de sus poblados, sus escuelas, sus iglesias, el asesinato despiadado de los hombres, la esclavización de las mujeres y los niños... y la huida de muchos que hambrientos y harapientos caminarán hasta la frontera de Etiopía para intentar huir del ejército , de las tropas rebeldes que intentan reclutarlos y de los saqueadores y vándalos que aprovechan cualquier oportunidad en un país arrasado. No obstante, en Etiopía no termina el periplo ya que el campo de refugiados debe trasladarse cuando un golpe de estado derroca a una administración que apoyaba al ejército de liberación y a los refugiados dinkas. Lo peor, no obstante, no se da en el plano político, sino que la oportunidad es aprovechada por la resentida población etíope de la frontera, que cansada del establecimiento dinka dispara contra la población inerme que cruza el río de la frontera. De forma caótica se trasladaran hasta Kenia en un paraje tan espantosamente desolado y desértico que nadie pudiera desear la recuperación de aquellas tierras. Así se construye el centro de refugiados de Kakuma, que distó de ser un lugar de paso para convertirse en la residencia permanente de muchos desplazados por la guerras civiles, étnicas y religiosas que afectan esta región del África. No obstante, Deng y otros jóvenes pudieron conseguir otra opción: trasladarse a Estados Unidos a comenzar una nueva vida, en la cual los contrastes con la existencia anterior podían ser notabilísimos.

Lo interesante de la novela es que Deng narra allí su frustración por lo costoso que le resultaba mejorar en América y cumplir con la promesa que había hecho a su padre: entcontrar el qué, triunfar y ayudar a construir un nuevo Sudán. No obstante, esto parece haber cambiado desde la escritura del libro a esta parte. La publicación de la novela de Eggers dio visibilidad pública al caso de Valentino, al de los niños perdidos y a la situación de Sudán. Lo recaudado con la venta del libro sirve para favorecer programas en el sur de Sudán. De esta manera, Valentino pudo volver a su pueblo natal y su fundación está ayudando a construir y poner en marcha un nuevo colegio secundario. Lamentablemente, la violencia en Sudán aún no ha concluido.

www.valentinoachakdeng.com

domingo, octubre 12, 2008

El más difícil humor

Cualquiera hace humor sobre alguien al que se le cayó el helado u otro que baila mal. Un poco más negro es reírse de un gordo o un pelado, ya que ahora existen una multiplicidad de organizaciones dispuestas a hacerte una denuncia por discriminación... Pero el humor verdaderamente difícil es el que se hace sobre temas urticantes y dolorosos, como por ejemplo, el terrorismo.
No obstante, Mathias Énard logra una novela que por momentos te hace reir a carcajadas y que se llama Manual del perfecto terrorista. Este delirante libro narra las enseñanzas que Virgilio recibió de su maestro en algún momento y lugar del Caribe. El libro, que contiene ilustraciones de Pierre Marqués, se estructura en breves y llamativos capítulos que ilustran la seducción del terrorismo. Un esclavo negro ejerce una pequeña resistencia contra su amo, pero este lo instruye en la verdadera rebeldía: la del terrorismo. Claro que el costo de enseñarle a ser un buen terrorista es la sumisión total, ante todo, sexual.

De esta manera, Énard logra su tercer novela que cierra una trilogía sobre la violencia, ya que este joven escritor francés y profesor de árabe, alcanzó notoriedad con su primer novela del 2004: La perfección del tiro que relata las experiencias de francotirador que intenta, en vano, restreñar sus heridas asesinando. En su segundo trabajo, Remontando el Orinoco (2006) nos cuenta la historia de un cirujano, una enfermera, y un triángulo amoroso centrado en la temática del aborto.

Manual del perfecto terrorista (cuyo larguísimo subtítulo es: Manual de terrorismo para principiantes que indica las condiciones de tiempo y dinero que se precisan, los estudios que hay que seguir, los exámenes que se han de salvar, las aptitudes y facultades necesarias para conseguirlo, el modo de establecerse y las posibilidades de éxito en la profesión; iluminado con tablas e ilustraciones, y rematado por ejemplos e interludios divertidos, destinados a distraer el espíritu durante el estudio) consta de breves, ilustrativos e ilustrados capítulos: Saber fascinar a las masas, Tener una causa que defender, Tener un lado místico, Ser un poco artista, Respetar el testículo, Saber convencer, Saber escoger el objetivo, Jugar a comando, Ser un pelín zoofílico, Saber sacrificarse por la causa, Ser un cocinero selecto y Tener un mensaje para la humanidad.

Les dejo un botón de muestra de la delirante propuesta de Énard, que torna comprensible por qué el libro ha generado suspicacias en Europa:

"Los idealistas, los melenudos y los pacifistas, mi querido negrito, son
la escoria de la humanidad: Nunca han resuelto nada, y jamás han conseguido nada porque se consagran a los ideales, que son por definición lejanos. No tienen agallas. Realizar sus sueños pasaría por la acción, y ahí nunca llegan. Eso sí, te dicen que habría que hacer esto o lo otro, que los hombres deberíamos ser hermanos, que las armas tendrían que desaparecer, la televisión ser cultural, los libros gratuitos, los pobres ricos, y los ricos generosos. Y en el fondo, Virgilio, lo que hacen es insultarte a ti, que eres pobre y estás explotado [...] más vale un enemigo idealista que uno armado con una granada."

lunes, septiembre 22, 2008

Mil y una noches

Paul Aster: Un hombre en la oscuridad, Anagrama

La nueva novela de Paul Auster ha cosechado elogios y críticas. Yo creo que es el retorno a la mejor versión del escritor. Aquel que imagina realidades posibles en mundos paralelos de estilo borgeano, como en El país de las últimas cosas y el relato intimista de un hombre en el último tramo de su vida, como en Brooklyn Follies.

En Un hombre en la oscuridad se cuenta la historia de una familia triste. August, crítico literario en el otoño de su vida, acaba de enviudar y, además, ha sufrido un accidente automovilístico del que se recupera lentamente. Entonces, se ha mudado a la casa de su hija Miriam, aún triste por el abandono de su marido. Pero una nueva desgracia se cierne sobre la familia con el fallecimiento del novio de la hija de Miriam, Katya. La casa reúne a tres personas tristes, en elaboración de duelos. Miriam se refugia en su trabajo, en tanto que Katya y August miran todo el tiempo películas en DVD. Por la noche a todos les cuesta conciliar el sueño, y August desde la oscuridad de su cuarto escucha los movimientos de su hija y su nieta. August crea una forma de sobrevivir a su insomnio: consiste en inventarse historias a sí mismo hasta que amanezca.

La más tenaz de estas historias nocturnas es la de Owen Brick, quien despierta en medio de una realidad paralela a la de su feliz vida como mago en Nueva York junto a su flamante esposa argentina. Repentinamente se encuentra en medio de una cruenta guerra civil que enfrenta a Estados Unidos. Y, por añadidura, él es un soldado al que se le recomienda la más delicada de las misiones: que asesine al culpable de la guerra.

Pero las historias que nos cuenta August Brill son muchas más: bellas interpretaciones de las películas que mira con su nieta, la poetisa que está retratando en un libro su nieta, las de diferentes conocidos, hasta adentrarse en la narración de su propia historia de amor: un curioso matrimonio con un hiato de casi una década que incluyó el matrimonio de él con una escritora, la de su hija y el terrible drama del asesinato del novio de su nieta. Como una moderna Mil y una noches, Un hombre en la oscuridad es una forma de escapar a la muerte y el dolor. Los relatos como una forma de restañar heridas... no podría asignársele función más noble a la literatura.

domingo, agosto 10, 2008

La mala y conmovedora Tsugumi

Banana Yoshimoto: Tsugumi, Tusquets

Banana Yoshimoto y Murakami resultan los mayores arquetipos de la literatura japonesa actual. No sólo porque ambos son jóvenes y toman sus referentes centrales en la literatura occidental, sino también por una cierta percepción melancólica. En sus relatos, la juventud rara vez está unida a una visión liviana de la vida.
En Kitchen Yoshimoto nos presentaba a una joven que había perdido a su familia y forjaba una rara amistad con un chico y su madre travesti. Tsugumi trata sobre el fuerte vínculo que une a dos primas en la niñez, la adolescencia y la juventud en un pequeño balneario de mar. La protagonista, María, nos cuenta la vida de su terrible amiga Tsugumi, quien sometida a una enfermedad grave y dolorosa desarrolla una infinita capacidad de maldad. Cínica, de lengua afilada y carácter indomable, Tsugumi domina a toda su familia, a la par que con su belleza y encantos enamora a todos los jóvenes; pero paralelamente sufre, quiere y protege de forma desaforada a sus amigos y se enamora de un chico especial. El último verano que las amigas pasen juntas en el pueblo estará teñido de la tristeza de lo que próximamente se desvanecerá.
De una belleza tan triste que en ocasiones nos recuerda a Kawabata, Yoshimoto logra transmitir aquello que es difícil decir y siquiera imaginar: el dolor, el miedo a la muerte, la dificultad para expresar los sentimientos de aquel que se encuentra herido en su centro.

lunes, julio 14, 2008

Reflexiones sobre la naturaleza del amor

Maria Fasce: La naturaleza del amor, Emece

Wow, qué título! ¿Verdad? Y sin embargo, Maria Fasce logra hacerle honor al introducirse en la vida de una soltera de treinta y tantos enfrentada a la soledad, el deseo de maternidad y la elección de parejas cuestionables. Con decorado palermitano, madrileño o catalán, vemos transcurrir los días y desengaños de una mujer que parece tener resuelta su vida profesional y económica, pero a la que le cuesta llevar adelante la amorosa. Y cuando sale con un actor divorciado, que tiene tres hijas y que está en las antípodas de sus gustos y criterios... la confusión de nuestra amiga llegará al paroxismo. Entre tanto, forjará una curiosa amistad con Isabel, una chica joven, muy bonita, pero terriblemente insegura que parece tener también muchos problemas con los hombres.

Pese a que la temática puede parecer trillada, María Fasce logra construir un texto rico donde la naturaleza del amor se aleja de los elementos más obvios para aportar una interesante mirada sobre lo que buscan las mujeres y los hombres en las relaciones amorosas. De modo que resulta un libro altamente recomendable para las solteras de treinta y tantos... y también para los hombres que podrían llegar a comprenderlas en alguna de sus inestabilidades y neurosis.

Esta última novela de María Fasce está precedida por La verdad según Virginia --que trata de una mujer con un marido, trabajo y el hijo perfecto que ve que su vida queda patas para arriba cuando aparece un ex novio-- , y el libro de cuentos A nadie le gusta la soledad (otro sugestivo título sobre cómo la gente busca distracciones mientras necesita el amor y la verdad). Evidentemente, a Fasce le gusta reflexionar sobre las relaciones... y saca un par de conclusiones interesantes a la par que nos entretiene con una prosa simple y luminosa.

domingo, julio 06, 2008

Genealogía política argentina

Fogwill: En otro orden de cosas, Interzona.

Lo único que había leído de Fogwill era Los pichiciegos, libro impresionante que inauguró una serie de escritos sobre Malvinas, que forman hoy uno de los temas más importantes de la literatura argentina actual. Ese recuerdo viene unido a una nota que le realizó Marina Mariasch en la que él hablaba de las mujeres, diciendo cosas muy originales y graciosas. El reportaje estaba saturado de un clima de seducción, en el que la conductora/escritora le preguntaba si alguna vez rebotaba con las mujeres. Él afirmaba que casi siempre... y que a medida que pasaban los años el fenómeno se acentuaba, pero que cuando le decían: "Sos demasiado grande para mí" él continuaba abrigando esperanzas, porque si la mujer lo expresaba en estos términos, quería decir que se le había ya pasado por la cabeza... sólo tenía que repensar lo de la diferencia de edad.

Teniendo estas dos fotos en mente comencé a leer la curiosa novela En otro orden de cosas. Es un libro muy interesante en el que la trayectoria de vida de un montonero reconvertido en ejecutivo de la empresa estatal que construye la autopista, es la excusa perfecta para contar la extraña historia política de nuestro país. La idea de la lucha armada, el Proceso y los gérmenes de la democracia aparecen enunciados al contarnos la vida de un hombre inteligente, solitario y peculiar. El texto sigue la misma línea de casi todos los que abordan el tema de la lucha armada: una distancia crítica que tiene más que ver con el desconcierto que el pasado produce a la luz de un presente en el que las ideas de antaño parecen extrañas, a la par que una elíptica forma de recuperación de la memoria; y todo en el marco de un relato concentrado en lo micro, alejado del gran relato, concentrándose en la historia individual. Pero Fogwill le agrega sus propios condimentos, que tienen que ver con un espíritu sociológico, una gran capacidad para retratar tipos humanos, en versiones claras que no parecen paródicas: su amante cheta paisajista, el programador padre de familia, el ex montonero dueño de una concesionaria de autos son bosquejos fuertes y creíbles... Claro, son justamente esos detalles los que hacen a una buena novela.