Música y libros     Editora     Eventos     objetos

viernes, julio 14, 2006

La perplejidad del Ruso

El otro día nuestro comentarista estrella, el Ruso, nos deleitaba con una anécdota en la Feria del Libro de Madrid, en la que compró unos libritos de editoriales independientes aconsejado por un melenudo desencantado.
El Señor Ruso, tan pragmático en todos los órdenes de la vida, parece encontrar útiles solamente los libros de economía o historia. Los primeros porque le sirven para capacitarse en su profesión, y los segundos porque le posibilitan sacar conclusiones sobre el devenir de su país de origen. En un libro de historia de la India o de Japón, él encuentra siempre lecciones útiles, que mágicamente encajan con sus ideas previas. Sus tesis pueden resumirse así:

1- A la Argentina la cagó el peronismo.
2- Este país está perdido.

Dentro de este orden de razonamientos, poca cabida tiene la literatura. Y menos aún la literatura que tienda a hacernos ver lo complicado o deprimente que es el mundo. En el claro universo en el que funciona el Ruso, cuyo único trauma reside en ser argentino, poco espacio tienen las dudas. Es por esto que se la pasa criticando al "Estilo Sibelius" que entiende se vincula con la exaltación de todo lo triste o lo snob.
A nosotros también nos gustaría ocupar ese cosmos límpido y simple. Colocando cualquier discusión (si las prostitutas en México son feas o la carne dura en Chile) dentro de un contexto del PBI , el buen clima de negocios o las normativas de los países serios. Pero tal vez por estar infectados con el virus argentino, nosotros preferimos regocijarnos por lo malo, alegrarnos ante lo ambiguo y festejar lo ininteligible. Como la novelita de Aira sobre un duendecito que lo puso de tan mal humor. Ahora tiene una razón más para putear: le informo que el ignoto escritor de Pringles al que usted se refiere, es tomado por estos pagos como uno de los principales referentes de la literatura argentina contemporánea. ¿Por qué? Porque es confuso, nadie sabe si sus novelas son una genialidad o un robo, si escribe por compulsión, para llenarse de plata o para burlarse de los análisis académicos de sus obras. Al respecto, le recomiendo que mire el debate que sobre este autor se armó en Monolingua, o el artículo de César Peirone sobre Aira y la otredad lectora.
Entre tanto, nosotros por aquí seguiremos recomendando material ilegible o tristísimo (porque de eso vivimos) siempre con un lenguaje muy adjetivado y un poco tilingo, como me recomendó mi maestra de tercer grado, cuyo nombre no recuerdo, pero sí sus enormes y torcidos dientes.

miércoles, julio 12, 2006

Esto es la globalización

Yo no vi la fiesta inaugural del mundial porque siempre me aburro con ese tipo de cosas. Pero hoy, pocos minutos antes de la final, pude ver su clausura. Era una mezcla bizarra. Estaban los muchachos de Il Divo, unos europeos que la pegaron por acercar el canto operístico a la música popular. Aparecía de invitada una cantante negra que no juné, pero que no aportaba demasiado. En la pantalla gigante mostraban imágenes del mundial. Parece que lo más pintoresco que encontraron fueron las tomas del DT de Portugal puteando y de un árbitro echando a un brasileño. Sin solución de continuidad comenzó un show protagonizado por una especie de murgueros (plaga que parece que ha trascendido ambas márgenes del Plata) pero los acompañaban unas chicas bailando con ropa y estilo de porrristas americanas. Después aparecían unas negras gordas con vestidos grandes chillones, que parecían un grupo de Gospel, al que se sumaba el canto de la colombiana Shakira en inglés y con danzas árabes. A Shakira la acompañaba un muchacho con onda reggae. En la tribuna bailaban divertidos franceses, italianos y alemanes, y por supuesto, ponjas que nunca faltan. El tramo final del mundial estuvo monopolizado por europeos, pero las culturas minoritarias y tercermundistas aportaron el color. Tal vez en eso consista la globalización.

El alucinante poder de predicción de los periodistas deportivos

Voy a tomar un café y todos los diarios han sido acaparados por los consumidores. Entonces tomo una revista vieja, y me encuentro con una nota al periodista deportivo Gustavo López. La nota se titula: "La opinión de quien sabe de deporte palpitando el Mundial Alemania 2006".
¿Cuál es la final que imagina?
Argentina- Brasil.
¿Quién cree que será el campeón del mundo?
Argentina.
¿Quién cree que será la figura del mundial?
Lionel Messi.
¿Qué selección será la revelación?
Paraguay.
¿Cuál será el jugador revelación?
Nelson Haedo Valdéz de Paraguay.
De los jugadores estrella... ¿Quién se va a destacar?
Ronaldinho.
¿Cuál es, de los equipos favoritos es que vuelve primero de Alemania?
Francia.
Sigo hojeando la revista y me encuentro con el Horóscopo de Horangel. Leo los augurios para mi signo. Este tipo la pega más; que lo contrate América para el próximo mundial. A la noche llego a casa, prendo la tele y me lo encuentro a Gustavito opinando. Está muy fresco y seguro, con tantas emociones seguro que se olvidó de las declaraciones que hizo para la revista. Cambio de canal y los opinólogos siguen diciendo cosas sin importancia. Lo único que yo quiero es un cassette con el audio de lo que el tano con pinta de vivo y apellido de fideos le dijo a Zidane. Seguro que fue algo así como:
-¡Qué lástima que los militares franceses se quedaron cortitos en Argelia!
Igualmente, no creo que tengamos que esperar tanto para ver al tano vivo en el living de uno de esos programas grasas de la RAI contando su travesura. Los argentinos, que nos creemos los más vivos, nunca reconocemos en su justa medida la gran deuda con los maestros.

viernes, julio 07, 2006

Casualidad y reminiscencias

Quien lea asiduamente sibeliusdiario constatará que últimamente se reseñan libros breves. Esto es así porque estoy esperando ansiosamente la llegada del nuevo trabajo de John Irving, y no quiero empezar un libro largo que me impida comenzar esta novela, que espero con tanta expectativa, el mismo día que llegue a la librería. Además, la novela de Irving tiene más de mil páginas, de forma tal que al leer varios libros cortos voy a promediar la cantidad de páginas de libros habituales.
Los días pasados tomé otros dos libros breves deliciosos. El primero fue el clásico Sobre la lectura de Marcel Proust. El autor de El tiempo perdido desarrolla allí interesantes disquisiciones sobre el significado del leer. Pero lo más atractivo del librito no es eso, sino la evocación de sus lecturas en la infancia. Para alguien que ha escatimado horas al sueño, al estudio o a la simple sociabilidad con una novela que no podía abandonar, es maravilloso comprender la similitud de la vivencia por parte de otra persona en una época y contexto social totalmente diferentes. Proust, en su aristocrática casa, que compartía con una numerosa y copetuda familia, buscaba un rincón aislado del comedor y se sumergía en un libro que lo alejaba de la realidad. Las horas asignadas a comer y dormir eran sus enemigas, porque suponían la interrupción de una historia en su punto culminante. No obstante, difícilmente recordamos todos los títulos de aquellos libros que leíamos de chicos y que nos cautivaban tanto. Son, tal vez, más poderosas en nuestro recuerdo las reminiscencias de las sensaciones de la lectura, del arrobamiento que nos provocaba sumergirnos en una historia, del amor que llegamos a sentir por sus personajes. De mis lecturas de la infancia -que fueron hechas en un chalet típico de la clase media argentina y no en una mansión francesa- recuerdo con fascinación los días en que tomé El gran Maulnes. El relato era embriagador, pero también la sensación de querer terminarlo, de volver a prender el velador cuando ya la casa estaba oscura y callada, y robarle un par de horas a la noche para finalizar un libro maravilloso.
El segundo libro breve y fantástico que tomé estos días es La vida descalzo de Alan Pauls. Se trata de uno de los volúmenes de una nueva colección de Editorial Sudamericana titulada In Situ; otro título que aparece en esta colección es Pasarla bien de Miguel Brascó. El libro de Pauls está construido como pequeñas viñetas en la playa. Momentos de diferentes veraneos a lo largo de su vida, y divertidas reflexiones sobre la peculiar naturaleza de ese espacio. Evidentemente, el balneario preferido de Pauls es Villa Gesell, lugar en el que veraneaba con su padre de chico. Recuerda la particular amalgama de decoración y comida centroeuropeas con el calor, los hippies, los juegos electrónicos y los paseos por el centro. Entonces fue inevitable que esta lectura me remitiera a la anterior. Nuevamente rememorar la infancia y las sensaciones unidas a ella. El pánico que sentimos al perdernos en la playa, el horror cuando el mar nos arrastra, el atractivo de los empeines de los pies tostados y secos sobre los listones de madera en el ingreso.
A veces uno relaciona dos libros por el mero hecho de leerlos uno después de otro. Comencé a sospechar que Sobre la lectura no se parecía en nada a La vida descalzo. Yo los relacionaba porque los había leído pegados y los dos me habían remitido a mi infancia. Pero entonces, el capítulo final del libro de Pauls tiene que ver con un día en que se encontraba enfermo y tiene que quedarse en la cama. Toma un libro y el mundo se transforma, muy lejos quedan los lamentos y las imágenes de la arena y los helados.
"...Ese libro es el otro lugar que tiene la forma de la felicidad perfecta, y que, como escribió alguien a quien él leerá recién veinte años más tarde, cuando ya no esté circunstancial sino crónicamente enfermo, tanto que sólo será capaz de hacer lo único que quiere hacer, quemarse los ojos leyendo, quizá no haya habido días en nuestra infancia más plenamente vividos que aquellos que creíamos dejar sin vivirlos, aquellos que pasamos con el libro por el que más tarde, una vez que lo hayamos olvidado, estaremos dispuestos a sacrificarlo todo."
Pauls se refiere, justamente, al maravilloso comienzo de Sobre la lectura, que yo acababa de concluir. Fantástico azar que hará que ambos libros permanezcan siempre unidos en mi recuerdo, a partir de la casualidad y la reminiscencia.