Como es mi inveterada costumbre, continúo escuchando los diálogos en las mesas vecinas cuando voy a un café. El otro día había un grupo en un desayuno de trabajo. Capté que se dedicaban a organizar esos cursos para empresas, mezcla de terapia psicológica, lavado de cerebro y reality show. Iban tirando ideas, mientras se entusiasmaban con su propia creatividad y capacidad de innovación.
El próximo evento a realizar consistía en un camping para la gente del Banco X. Iban a comer asado, realizar juegos al aire libre en grupos, y por la noche, el infaltable fogón. Los juegos por equipos tenderían a reforzar los nexos entre los compañeros, resaltar la importancia del trabajo en grupo, fomentar relaciones entre personas o áreas que no se vinculan naturalmente y poner en relieve la importancia del funcionamiento de cada pequeño engranaje para que el resultado global sea positivo.
Uno de los juegos planeados estaba sacado de las técnicas de entrenamiento de actores. Se trata de ejercicios de confianza, en el que una persona se tiene que arrojar de espaldas y confiar en que sus compañeros van a impedir que se caiga.
Entonces se me ocurre la idea de montar una compañía trucha de cursos para empresas ,y fomentar un gran meeting en Acantilados. Organizar un speech sobre la interdependencia de las partes, la necesidad de que todos los eslabones de una cadena se encuentren perfectamente conectados, el valor de que los subordinados confíen en sus jefes, y los jefes en sus subordinados... Entonces la actividad consistiría en que todos los gerentes y CEO corrieran alocadamente en dirección al precipicio, en la certidumbre de que sus empleados formarán una barrera de contención que les impedirá caer al vacío. Los empleados, hartos de abusos, de horas extras impagas, de discursos sobre lo que los GANADORES hacen..., dejarían caer a todos los gerentes garcas, que como curiosos lemmings se suicidarían en masa con el propósito de lograr un nuevo equilibrio ecológico: una ciudad libre de gerentitos.

