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miércoles, abril 29, 2009

Francisco Senegaglia: Los Artigas, Azulpluma.




Abril de 1839. Todo el Río de La Plata era una profunda herida que fluía sangre y vomitaba cadáveres. Argentina, Uruguay, Brasil, Paraguay, Francia e Inglaterra. Una contienda sin precedentes. La Guerra Grande. En ese contexto José Maria Artigas recibe una noticia que cambiará su vida para siempre. Su padre no está muerto, está en un largo exilio de veinte años –preso- en el Paraguay. Perplejo, el hijo del viejo caudillo José Gervasio Artigas se lanza a su búsqueda inmerso en las contradicciones y recuerdos que violentaron su infancia. Pero el camino del reencuentro va a ser largo. José Maria busca reconstruir el sentido y el lugar de su padre, pero en ese derrotero se encuentra con la historia, con las intrigas y los odios de quienes protagonizaron la Independencia. Con las traiciones y sus consecuencias. Sobre todo las traiciones que distanciaron a padre e hijo, y que imposibilitaron los sueños de la Patria grande en los albores de las luchas por la libertad. ¿Cuál va a ser el destino de los dos Artigas después del encuentro?

lunes, abril 27, 2009

Diario de la edición de una novela



Editar una novela no es algo tan fácil como parece, pero también es mucho más divertido de lo que podría suponerse. Desde trabajar en las versiones originales del texto cortando cada cinco minutos para hacer disquisiciones personales tan profundas como ridículas, hasta estar tomando una copa de vino en el festejo han pasado varias cosas. Y mientras el texto va tomando forma pensar una editorial, un nombre, un logo que tuviera que ver con nosotras. Mercedes ideó una imagen muy linda de una pluma azul que es, a la par, esa plumita que anda por el aire de la gente que no sabe muy bien cuál es su lugar para quedarse, y la pluma de tinta azul con la que aprendimos a escribir. Y hacer pilas de libros en Sibelius comparando formatos, cajas, papeles, tapas, solapas, contratapas. Jugar con la paleta de colores hasta llegar a la solución más absurda: estampar la foto del escritor sobre un rosa chicle que nos gustaba tanto... pero que era mejor como color de ropa interior que para contener la biografía de un cura que ha dejado sus hábitos.

Los nervios y el terror a que algo salga mal hacen que impliques en el proyecto a todos los que te rodean: que vaya a buscar los libros a la imprenta una amiga copada acompañada por el poeta DJ sordo Nicolás Bedini. Pero que al querer sacar el auto estacionado enfrente de la librería lo encuentre bloqueado por ostentosa 4 X 4. Y entre tanto te llamen de la imprenta para decirte que no te pueden bancar más... que se tienen que ir. Pero que no importa, que dejan los libros en el restaurante afrodisíaco que está justo al lado. Así que los libros sobre Artigas terminan en la cocina del restaurante mientras Bárbara Gasalla garabateaba con furia la nota para el dueño del vehículo como si los insultos escritos en un block tuvieran la fuerza de un conjuro. Entre tanto, Celina Artigas enloquece en el teléfono, espantada porque los libros se van a llenar de olor a aceite o su destino se va a ver malignamente modificado, porque: ¿Qué puede esperarse de un restaurante afrodisíaco llamado Tu madre?

Y mientras al escritor se le paran los pelos de la ansiedad imaginando una presentación con invitados, auditorio copado, vino... pero sin libros, logramos llevar las cajas a la terminal. Y la ansiedad me hace cruzar sin mirar que venía un micro. Y bueno, tal vez con la moda necrótica que nos invade, así como Alfonsín será por las próximas dos semanas el ídolo máximo de la nación y se venden los discos y los libros de los artistas recientemente fallecidos, el libro Los Artigas hubiera tenido un mejor destino si la editora hubiera sido aplastada por el Rápido Argentino perdiéndose una de las cajas de libros en el hecho. Pero por suerte, un bocinazo del novio previsor nos salva de la muerte inminente, porque ¿para qué están los hombres organizados sino para salvar a su chica soñadora que pensando en literatura no presta atención al cruzar la calle?

Los libros llegan a destino y ya está todo listo en el pasaje Dardo Rocha mientras voy llegando a La Plata. Celina espera ansiosa con unos mates mientras hace la pregunta más temida: “¿Qué me pongo?” Porque seremos editoras, novelistas, físicas, astronautas, pero ante todo, somos mujeres. Y qué ropa ponerse para el juicio en el que somos acusadas de plagio o para recibir el premio a la científica del año sigue siendo central. “Con este vestido parezco Sally de El extraño mundo de Jack” dice Celina mientras Titi la mira arrobado tomando una chocolatada. Decidido el atuendo todavía falta saber si la chalina con lentejuelas es el complemento ideal o una extrema muestra de ridiculez para la ocasión, cuando ocurre lo inevitable: la calza tiene un agujerito que es zurcido por mí mientras Celina apoya la pierna en el bidet y disculpa por celular a su chico, ex novio o aspirante a amante por no poder ir a la presentación.

Todos salimos corriendo del departamento y cuando ya estamos por llegar nos vemos bloqueados por una manifestación. Es la “marcha de las antorchas” que reclama por las pésimas condiciones edilicias de la universidad de La Plata. Abriéndonos paso entre los manifestantes nos parecemos más a los protagonistas de Esperando la carroza que a las representantes de una editorial. Finalmente, llegamos hasta el Pasaje Dardo Rocha. En el café Francisco nos presenta gente que no entendemos quién es porque una banda de ska satura el ambiente con una música simplona, pero que pone más adrenalina al momento.

Ya parece estar todo listo, aunque claro, nos paramos en la puerta del Salón Multimedia con cara de susto. La misma que teníamos en el cumpleaños número siete, porque habíamos cambiado de escuela y, encima, llovía, así que no sabíamos si nuestros nuevos amigos iban a ir a la fiesta. Parecida a la torre de alfajores de maicena es la de libros Los Artigas. Y en lugar de Crush hay vino Santa Julia. Las cosas cambian, pero no tanto, porque el pánico infantil a que todos fallen a último momento, persiste. Y “¿qué quedó de esa nena tan tímida que usaba vestiditos con nido de abeja?” me pregunto mientras me ubico en la clásica mesa de presentación con el auditorio, ahora sí, colmado... “Lamentablemente mucho” me contesto mientras tartamudeo para presentar a Francisco y decir unas palabras caóticas y desordenadas que no dan cuenta de lo mucho que me gustó editar esta novela, de lo agradable que fue buscarle nombre, tapa, articular un estilo dentro del estilo.

Vuelvo a mi lugar para encontrarme con Titi preguntándome: “Vos vas a ser viejita mamá?” mientras veo una llamada perdida en el celular. Eran los maravillosos Manucho y Bárbara que se transformaron en los vendedores estrella de Sibelius por un día. Querían saber donde encontrar un par de discos en el caótico negocio. Ante la ausencia de respuesta inventaron, creativamente, otros productos para que adquiriera el alud de psiquiatras que visitó la ciudad con motivo del Congreso de Psiquiatría. Por un momento temí que se los llevaran a ellos con chaleco de fuerza, pero afortunadamente lograron disimular su chifladura y recomendar discos de tango.

En Jésolo, mientras comemos unas pastas, todo fluye mejor y puedo charlar con Gonzalo, el diseñador de paciencia infinita cuya inspiración literaria se despertó en este proceso y va a escribir un opúsculo titulado “Un día con Celina Artigas” que exprese lo mandonas y demandantes que pueden ser las editoras noveles con moditos lindos. También con mi hermano que está armando la página de Azulpluma y quiere que mientras enrollamos los fideos le expliquemos, ahora que estamos calmadas y juntas, qué pretendemos que tenga el espacio. Entre tanto, Alan y Titi reflexionan, con más profundidad con la que Bourdieu reflexiona "sobre la televisión", acerca de Star Wars. Justo cuando llegan los postres y empezamos a relajarnos es hora de volver a Mar del Plata. Vamos a la ruta cansados, pero contentos. Parece mentira que sólo hace un par de meses estuviéramos pensando en la librería en que sería lindo tener una editorial...

viernes, marzo 27, 2009

Contar la historia que no se puede contar

Guillermo Saccomanno: El buen dolor, Booket.

El año pasado la novela de Saccomanno El buen dolor se editó en formato de bolsillo. Buena ocasión, entonces, para leer un libro que no había abordado cuando salió en 1999. Especialmente porque después de leer la fabulosa trilogía que recorre la historia política argentina reciente: La lengua del malón , El amor argentino y 77, uno comprende que tras toda novela de este autor hay un trabajo de investigación, de preparación...

El buen dolor se diferencia de la trilogía mencionada en que, evidentemente, se trata de un escrito más íntimo. Es un pequeño relato de un niño que crece en una casa humilde con una madre pasiva, un padre idealista, pero con tendencia a la desidia, y una abuela terrible. Cuando esta última enferma la casa se desmorona y la larga agonía los consume a todos.

Ese chico se hace un hombre, y se vuelve escritor, y tiene una deuda con aquel relato: la historia de su infancia y la muerte de su abuela. Hasta que su padre muere, y entonces siente la necesidad acuciante de cerrar el círculo, de contar la historia familiar. De historiar el dolor y la pobreza.

"Si se levantasen todos los techos de una ciudad, decía mi padre,y los hombres pudieran ver cómo viven, quizá el mundo sería más tolerable. Todas esas lucecitas titilando en la noche contenían historias que no eran muy diferentes de las nuestras, la historia de mi padre y la mía. La desgracia andaba cerca, acechando. Nadie estaba a salvo de la miseria, la enfermedad, la humillación. La abuela, me acordaba, solía decir que todos los sufrimientos que se padecían en esta vida eran una templanza. Había un dolor que era bueno. Y ese dolor era una prueba a la que nos sometía Dios para probar nuestra fe."

G. se traslada hasta un balneario desolado en pleno invierno, y allí acomete la labor de contar lo que no se puede contar. Pero aparece una mujer, actriz hippie con tendencia a la sobreactuación, una mujer fatal, de esas que pueden llegar a conmovernos aunque sepamos que esa es su intención. Van ambos en un micro retrasado, helado y destartalado a Villa Gesell, y ella narra el rosario de desgracias que la tienen como víctima y heroína. Y así el escritor ve como en un espejo en Inés su propia imagen: contar la historia de su abuela humillando a su padre, de su padre pobre y avergonzado soñando con ser escritor, de los sonidos y olores de la pobreza... es sólo para hablar de sí mismo y caer en la deformación, la autocompasión, alguna forma de mentira.

No obstante, con una sinceridad descarnada, Saccomanno logra contar la historia que no se puede contar.

sábado, marzo 21, 2009

Pink Martini

Pink Martini es una pequeña orquesta nacida en Portland. Su creador, Thomas Lauderdale, es un graduado de Harvard que comenzó a tocar con músicos amigos en eventos políticos relacionados con los derechos humanos.
Posteriormente Lauderdale convocó a China Forbes a quien conocía de Harvard donde ella estudiaba historia, literatura y arte. Juntos habían compuesto algunas canciones acompañados por una guitarra. Ella estaba abocada a desarrollar una carrera solista cercana al country pero, afortunadamente, se sumó al proyecto que en dulce y versatil voz encontró el ingrediente que faltaba.

Luego de varios recitales recorriendo su país, su fama estuvo relacionada con su presentación en el Festival de Cannes y la aparición de un tema en la compilación del prestigioso sello de música del mundo Putumayo.

Pink Martini suena a musical de Hollywood de los '40 ó '50, pero con una perspectiva moderna en su dirección de arte. Con una onda que ha sido catalogada como vintage, Pink Martini fusiona música clásica, latina, lounge y jazz.

Su primer disco, Sympatique, fue editado por un sello propio: Heinz Records (Heinz era el nombre del perro de Lauderdale), y tuvo un éxito inmediato. "Sympatique", tema que titula el álbum y que se transformó en un éxito en Francia, es una chanson francesa muy graciosa con fondo de fritura de disco de pasta. "Amado mío" suena como un bolero, "No hay problema" es un tema instrumental de latin jazz donde luce especialmente el piano de Lauderdale, pero con mucha onda gracias a los bongós. "Que Sera, Sera" versiona un tema clásico en una canción que asciende desde un piano despojado y suave con una voz naif hasta un tema orquestal impresionante. "La soledad" es una curiosa improvisación sobre un andante de Chopin con alucinante letra en castellano:

"Viniste a mí
Como poesía en la canción
Mostrándome
Un nuevo mundo de pasión
Amándome
Sin egoísmo y sin razón
Mas sin saber que era el amor
Yo protegí mi corazón."

Ecléctico, y con clima soñado, Pink Martini es el trago ideal para aquel que busca algo musicalmente diferente.