Nueva York antes del atentado
Auster no decepciona a sus lectores con su nueva novela. Tenemos los elementos de siempre: la fijación con la temática del azar, una urdimbre de historias, unos personajes con los que uno se encariña. Pero hay algo más, el Brooklyn que ya había aparecido en sus novelas anteriores -y que es el barrio del autor- aparece ahora bajo una nueva luz. Es la óptica nostálgica de quien piensa que New York es inevitablemente otro después del 11 de septiembre. Entonces Brooklyn Follies es una alegoría de lo multiétnico, lo variado, los diferentes colores, olores y lenguas que coexisten armoniosamente. Es también una descripción del fenómeno de que un sitio tan cosmopolita pueda conservar su intimidad, la confianza en el otro, la figura del vecino. Esta ciudad abierta aparece contrapuesta a la imagen de los suburbios habitados por una clase media cerrada, que vive en la monotonía de la búsqueda del progreso material.
Lo que revive a Nathan Glass -un hombre en los umbrales de los sesenta, que ha sobrevivido al cáncer y a un divorcio, pero que es presa del desencanto- es el aire de la ciudad. Tras vender su casa en los suburbios, se muda al barrio en el que se crió, donde es fácil relacionarse, hacer amigos, encontrar pequeñas rutinas satisfactorias. Allí se reencontrará con su sobrino, Tom, con quien había perdido contacto luego de la muerte de su hermana. Tom le contará sus aventuras como taxista-filósofo, y las vicisitudes de su trabajo en una curiosa librería. Ésta última pertenece a Harry, uno de los personajes más simpáticos y mejor construidos de la novela, un embaucador encantador. También aparecerán en escena su sobrina Aurora y su pequeña hija, y varias mujeres maravillosas de las que se enamoran los personajes. Pero la protagonista del relato es la ciudad. Tom, Harry y Nathan buscan el lugar ideal en el cual se encarna la utopía, y para cuando descubran que ese sitio es el lugar donde viven, todo se derrumbará..