Me cuesta mucho entender el disfrute musical encarado como un proceso racional y de trabajo intelectual. Sospecho especialmente de aquellos que huyen de una bella melodía, de un ritmo contagioso o de una frase memorable. La búsqueda per se de la música más complicada, disonante y “trabajosa” es equiparable a esos lectores que se olvidan del contenido y sólo aprecian la forma en que está construido un relato. Aunque, desde ya, la narrativa que conjuga forma y contenido es la que más me interesa y la que creo tiene más méritos como creación.
La evolución en nuestras formas de escuchar hace que muchas obras musicales que 100 años atrás sonaran revolucionarias, hoy no sorprendan a nadie y gradualmente se vayan convirtiendo en clásicos. Con esto quiero decir que los verdaderos creadores muchas veces están por delante de la capacidad de asimilación de los oyentes.
La experiencia musical está obviamente ligada a la experiencia personal. Todavía me emociono cuando escucho el disco de Mercedes Sosa “En vivo en Argentina” (1982). Por entonces no entendía mucho sobre la realidad política de Argentina (ahora menos aún), pero ese disco transmitía una mezcla de alegría y reflexión que no ha envejecido. Un disco es mucho más que una suma de sonidos y letra, es también el recuerdo de los momentos vividos, es la banda de sonido de nuestra vida. La película “High Fidelity” es la que mejor expresa esa idea, la de la asociación de la música a situaciones y estados de ánimo.
Sobre gustos hay mucho escrito. Y creo que asociar complejidad con algo estéticamente “superior” es un grave error. Muchas de las melodías de los Beatles encierran en dos minutos y medio mucha más emoción y belleza que un tema de media hora de Jethro Tull. Pero por otro lado, para alguna persona nacida a mediados de los 60´s escuchar rock sinfónico la retrotrae a los tiempos que iba a bailar a Enterprise y a tomar café a Bahía. Cada experiencia musical es única e irrepetible. En definitiva, este breve artículo quiere ser simplemente una apología de la música como disfrute y emoción.
Entonces, vayan, tomen un CD de Gloria Estefan y disfruten despojándose de prejuicios y tonteras intelectuales. Y si le recomiendan un disco de Stockhausen y le parece un embole, siga sus instintos y vuelva a escuchar a los Beatles.
Entonces, vayan, tomen un CD de Gloria Estefan y disfruten despojándose de prejuicios y tonteras intelectuales. Y si le recomiendan un disco de Stockhausen y le parece un embole, siga sus instintos y vuelva a escuchar a los Beatles.
