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jueves, febrero 16, 2006

Basta de pollas y gilipollas, queremos pijas y pelotudos

Los lectores argentinos apreciamos mucho el hecho de que nuevamente se consigan en Argentina libros importados, especialmente porque la mayoría de las editoriales no los vende al mismo precio que en Europa, sino que tienen un precio competitivo con los editados en Argentina. Se trata de políticas de los grandes grupos editoriales que prefieren vender los libros más baratos aquí, antes que perder un mercado importante.
Estas complejas políticas editoriales nos favorecen gracias a una peculiar alineación de los astros. Pero la emoción ante la ampliación la oferta de editorial en Argentina, se disipa ante la traducciones españolísimas que pueden llegar a opacar el placer de la lectura. El nuevo libro de Tom Wolfe “Yo soy Charlotte Simmons” es un buen ejemplo. Que un libro que afuera se cobra venticinco euros ($90) pueda conseguirse en Argentina a $39 alegra a cualquiera, pero los coños, las pollas, los gilipollas, los hijoputa frustran la lectura de hasta el más fervoroso lector. En definitiva, lo que no se puede comprender es por qué no se realizan traducciones más neutras si el mercado es tan importante como para venderle a precios preferenciales. De hecho Argentina y México son los mayores compradores de libros fuera de España. No está bueno leer un pasaje erótico de un libro con un diccionario de españolismos en mano para advertir cuáles son las partes del cuerpo aludidas.

Sibelius patriotero

Sabido es que el compositor Jean Sibelius era profundamente nacionalista, de manera que en el comercio que lleva su nombre seguimos su estela, y nos dejamos llevar por el patriotismo. Pero en días como el de ayer, este nacionalismo se exacerba hasta transformarse en chauvinismo, a raíz de un par de visitas odiosas. A las 17 llega una pareja de chilenos. Miran todo, tocan todo, consultan el precio de todo. Finalmente parecen decididos a llevar un libro pocket. Piden descaradamente descuento, aduciendo que son extranjeros (¿?). Nosotros no comprendemos por qué tendríamos que hacerle descuento a ellos en lugar de a nuestros connacionales, especialmente cuando A) A ellos el cambio los favorece, B) los libros son carísimos en Chile por pagar impuestos. Es la misma lógica que la de los famosos que pretenden no pagar lo que consumen, cuando son en general los que tienen menos derecho a un descuento, justamente por tener plata. Les decimos que sólo hacemos descuento en caso de compras importantes. Se retiran sin llevar nada. A las 19 llega un argentino españolizado. Es decir, uno de esos emigrados que luego de pasar seis meses en España hablan como si fueran madrileños de ley. Empieza a preguntar precios. ¡Afirma que los discos están caros! El economista a cargo del comercio le saca rápidas cuentas demostrando lo equivocada de la afirmación: los discos importados de Europa están aquí mucho más baratos que en Europa.
Después de la partida de los chilenos y el argentino renegado nos queda un mal sabor, y empezamos a rumiar nuestro odio a los extranjeros y hacia aquellos que habiendo abandonado su tierra vuelven periódicamente con el objeto de criticar todo. Nos ponemos cada vez más chauvinistas, hasta el punto de abogar por una Argentina imperialista que invada Chile (y de paso Uruguay, ya que los orientales están también bastante agrandados). Entonces nos dimos cuenta de que así deben haber comenzado las cosas en la Alemania nacional-socialista. Nos sentimos confundidos y avergonzados, pero esta sensación no mitiga nuestra inquina contra nuestros visitantes.

martes, febrero 14, 2006

Una noche en Carlos Paz

Ayer estuvieron en Mar del Plata Fabio Alberti y Diego Capusotto presentando el espectáculo Una noche en Carlos Paz. La sala estaba llena, pese a la escasa difusión que tuvo la única función del show. El espectáculo es bueno, pero sólo para fanáticos de “Todo X $2”. Es decir, para aquellos televidentes del ciclo que tienen nostalgia de un programa de tele basado en el humor absurdo, que ya no parece encontrar espacio en la televisión del “minuto a minuto”. Todo los fanáticos pudieron disfrutar de “Beto Tony y su muñeco” y “Mirta Jusid” así como presenciar la creación de nuevos personajes como “Violeta Porro” y “Alfredo Halcón” (que es, obviamente, un halcón).
Además, el espacio para el show es perfecto ya que el Teatro Roxy con su olor a humedad y su escasa limpieza se corresponde con la imagen de una obra pensada como un homenaje a todos los espectáculos baratos y decadentes del verano, de los cuales los de Carlos Paz son arquetípicos (¡hay que lograr ser Clase B de Mar del Plata!).
“Un verano en Carlos Paz” resulta refrescante, con su humor casi tonto, basado en chistes idiomáticos y abiertas guarangadas. Es muy bueno que el show ocurra arriba del escenario, y que no apelen a la ridiculización del público, recurso ya desgastado, basado en la idea de usar a los espectadores como mano de obra barata.
Obviamente la sátira se queda corta, porque es dable presenciar espectáculos mucho más truchos que el que “Una noche en Carlos Paz” propone como parodia. Un rápido vistazo por la cartelera local muestra la verdad de este aserto, así como la presencia de dos tipos de obras polares: o las revistas de bajo presupuesto o las obras retorcidas (ahora denominadas alternativas) donde un público que se finge abierto y moderno vive atemorizado con la idea de que lo desnuden, lo mojen o lo toquen.
Un párrafo aparte merece el personaje de “Facho Martel”, el cantante de culto de la centro derecha argentina, que canta una canción de un hombre que quiere salir con una chica, pero no puede a causa de la inseguridad, los piquetes, los delincuentes que entran por una puerta y salen por la otra... y todos los clichés que la derecha argentina usa como muletillas, sin prestar atención ya a su contenido. En resumen, lo mejor que podemos decir del paso de Fabio Alberti y Diego Capusoto por Mar del Plata es: ¡ESTÁ BIEN!

lunes, febrero 13, 2006

Los europeizantes, por A.B.

En un ámbito como una librería-disquería es habitual el renegar contra todo lo norteamericano por razones ideológicas y culturales. Esto es, un cliente de cada cuatro frunce la nariz cuando uno le recomienda un autor yanqui. Automáticamente piensan que uno se dejó ganar por lo comercial y lo fácil. Pero esa es una simplificación bastante absurda. La literatura norteamericana cuenta con autores excepcionales, tanto clásicos como actuales. Evidentemente, aquellos que piensan que es más fino leer autores europeos ignoran que en Inglaterra, Francia y Alemania también se escriben libros cutres. En cuanto a la oposición ideológica, uno podría pensar que está muy bien no dejarse influenciar por el pensamiento imperialista, pero combatir esta tendencia leyendo autores europeos es tan disparatado que ni siquiera merece ser puesto en palabras.
En síntesis, lo que quiero expresar es que mucha gente cree que es grasa leer autores americanos, y que es mucho más chic leer franceses, y conducen sus prejuicios al extremo de no leer autores yanquis. Hay profesores de literatura que escriben críticas para revistas culturales e ignoran quién es John Irving. De ellos lo menos que se puede decir es que no hacen bien su trabajo. Yo puedo decidir no comer pescado, y decir que es feo sin probarlo, pero si escucho una conversación sobre moluscos me abstengo de opinar. Entonces, mal que les pese a los europeizantes, no se puede hablar de literatura contemporánea desconociendo la narrativa norteamericana.